ANDRÉS IWASAKI.
Entrevistamos a Andrés, que ha publicado recientemente ZULVIEM. Nos cuenta que Zulviem habla del presente, que a veces es donde menos estamos, refugiándonos en el pasado o pensando en el futuro. Pero también nos habla de lenguajes secretos y canta con rabia contra las guerras.
–La culpa tiene su objetivo: intentar hacer las cosas mejor o enmendar errores–

Bueno, «Hoy voy a sanar» es una canción con multitud de instrumentos musicales, muy épica. ¿Crees, Andrés, que la música es una sanación?
Yo creo que si, de alguna manera, la música es una sanación, pero diría que lo extendería también al arte y a la creación en general. Yo creo que no puedo concebir la vida sin crear, sin ponerme a dibujar, sin ponerme a escribir; y creo que lo que me ha permitido a mí la música es concentrar todo eso. Porque, al final, entre que estoy haciendo los carteles y las ilustraciones que van a acompañar las promociones, estoy pensando en la escritura y las palabras, y después en la música, que es lo catártico cuando te subes al escenario. Creo que sí lo concentra todo muy bien y, desde luego, para mí es terapéutico y sanador.
¿Las ilustraciones también las haces tú o las hace una tercera persona?
Las ilustraciones las hago yo. En este caso, es verdad que las portadas de todos los singles vienen acompañadas con imagen de Jorge Ferré, que es el fotógrafo que hizo toda la sesión de fotos de este disco de Zullbiem, pero todo lo que son los carteles, la tipografía y todo lo que hay detrás de las ilustraciones sí que lo estoy haciendo yo.
En «Estoy aquí» se notan claramente las influencias de Latinoamérica, aunque también hay unos riffs afilados, con la guitarra eléctrica.
La guitarra eléctrica fue precisamente una decisión estética de Eduardo Molina, que es el productor de este disco. Y él fue quien dijo: «Andrés, en ‘Estoy aquí’ tenemos que meter esta guitarra eléctrica» y en «Si se cae el cielo» tenemos que meter esta guitarra eléctrica. Pero no estaba pensado. Yo realmente me siento mucho más de tierra, me siento mucho más rítmico y más afín a instrumentos musicales como el charango o el bombo legüero, instrumentos al final en vivo. Pero, en este caso, me ha abierto a explorar estos sonidos de la guitarra eléctrica y otros sonidos que tienen que ver más con lo indie, porque creo que estoy también buscando sonidos nuevos.
«Tengo lo que tengo» dices en «Me perdono», ¿tenemos que aprender a perdonarnos a veces?
Uf, totalmente. Yo es que estoy continuamente sintiéndome culpable por todo y es verdad que es algo que todavía sigo trabajando. Mira que no me libro; aunque haya escrito «Me perdono», no me libro de esta sensación. Y la verdad, yo recuerdo a una muy buena amiga que se llama Nuria Gómez de la Cal, que es poeta aquí en Madrid, que me dijo: «Andrés, tú te tienes que mirar al espejo, tienes que decir ‘me perdono’, es terapéutico, hazlo». Y me vino esta canción a la cabeza: «Oye, voy a escribir una canción sobre la culpa, voy a escribir una canción sobre el perdón para intentar, pues sí, perdonarme». Porque hay muchas cosas por las cuales nos tenemos que sentir culpables, pero llega un punto en el que la culpa paraliza más que ayuda. La culpa creo que tiene su objetivo: intentar hacer las cosas mejor o enmendar errores, pero tienes que ser capaz de liberarte de ella porque, si no, es que no puedes vivir.
«Ojos tierra» con Nia Zalén, «Si se cae el cielo» con La Otra. ¿Cómo surgen estas colaboraciones?
Yo tenía muchas ganas de hablar con La Otra y pedirle esta colaboración. Y fue en una fiesta, justo en la casa de una amiga en común, Eva Calero, que también es cantautora. Le dije: «Oye, Isa, me encantaría cantar contigo». «Claro que sí, mándame la canción». Yo había pensado tanto en «Me perdono» como en «Si se cae el cielo» y, finalmente, «Si se cae el cielo» cuajó. A ella además le gustó mucho la propuesta y fue muy rápido en el estudio. Quedamos un día fuera para poder ensayar y en el estudio rápidamente la grabamos. Con Nia Zalén fue casi igual. Recuerdo que fue en la Galileo, que yo la invité a participar conmigo en el concierto que tuve en 2023, y me encantó cómo quedó la canción de «Ojos tierra». Además, no es una canción que yo haya hecho muchas veces a dúo (alguna vez la hice con mi hermana con el dúo que tenemos). Pero esta versión que hemos hecho Nia y yo me tiene muy satisfecho. De hecho, ellas dos participaron también en «Hoy voy a sanar», que es como la introducción y el medley de todo el disco. Yo quería que todos los músicos y todos los instrumentos, toda la gente que participara en el disco, estuviera también en la primera canción.

«Zulviem», que da título al disco, ¿es un país inventado?
«Zulviem » en realidad habla del tiempo, y si fuera un país sería el presente, precisamente, porque es ese territorio que está tan cerca que no lo llegamos a ver y no llegamos a habitarlo nunca. Yo soy una persona muy nostálgica, muy melancólica, que vive bastante en el pasado. Mi novia, en cambio, es una persona que vive continuamente pensando en el futuro. Y es curioso porque al final estamos aquí en el presente, pero es lo que menos habitamos. Entonces, esta es una canción que yo le dediqué de realidad a Isa, mi novia, y es una canción en la que al final digo: «Oye, pues yo pido asilo aquí en el presente para que nos encontremos, para que podamos estar aquí viviendo».
«Diccionario para nadie»… ¿Hay algunas veces un lenguaje oculto? Como dices: «Lengua de dos es lengua»,
Yo, a pesar de todo lo que he estudiado en la carrera de Humanidades —donde siempre me dijeron que una lengua privada no puede existir, que para que una lengua exista tiene que tener una sociedad entera hablándola—, me saltó a la cabeza esta idea de qué es lo que ocurre con el lenguaje privado que creamos con una persona, ya sea un familiar, una pareja, quien sea. Cuando esa persona se va o desaparece de nuestras vidas,. ¿Qué ocurre con esas palabras que son íntimas y privadas? Se ha creado un lenguaje que ya no va a poder hablar nadie y se ha creado un «Diccionario para nadie». Me pareció un tema del que quería hablar y siempre que cantaba esa canción me llegaba muy profundo. «Lengua de dos es lengua» y, aunque haya desaparecido esa persona, son palabras que se han quedado en el imaginario de esas dos personas.
«Conjuro para el Mal de guerra». Es un deseo que creo que tenemos todas las personas ahora mismo.
Sí, absolutamente. «Conjuro para el mal de guerra», además, es una canción en la que, hablando de colaboraciones, me habría encantado haber cantado con Rozalén. Originalmente era una canción en la que pensaba cómo quedaría la voz de María. «Conjuro para el mal de guerra», además, fue una canción que me inspiró un poco mi trabajo actual. Yo trabajo como auxiliar de vuelo, azafato de los aviones. Y hay algo muy gracioso: cuando hay, a lo mejor, una linterna inoperativa o un extintor inoperativo, ese vuelo no puede salir. Uno pensaría que lo lógico es que salga porque el avión funciona, pero por falta de una linterna no podemos salir. Ojalá ocurriera lo mismo con los aviones de combate o los tanques; que dijeran: «No podemos salir porque la rueda de repuesto se ha pinchado». Pero, viniendo de esto, aterricé en un lugar mucho más serio, más duro, porque cuando la compuse, en 2021 o 2022, se acababa de reavivar todo el conflicto rusoucraniano. Desde entonces no ha dejado de crecer la escalada de conflictos y me parece tremendo. Es una de las canciones que canto con más fervor en los conciertos.

Versioneaste «Here comes the sun», llevándola a tu terreno. ¿Es una de tus canciones preferidas?
The Beatles me parece que han sido el pilar fundamental de casi toda mi música. He escuchado toda la discografía a través de mi padre. «Here comes the sun» ha sido siempre una canción muy especial para mí. Recuerdo que cuando hice esta versión era el momento de la pandemia, un momento bastante complicado. De hecho, el vídeo que grabé estaba yo en el piso aquí en Madrid donde pasamos tres meses. Me la llevé a un lugar un poco más oscuro, un poco más deprimente. Estábamos casi viviendo en el apocalipsis, esa era la sensación, pero también con la certeza de que íbamos a volver a algo parecido a la normalidad anterior. Fue mi viaje resumido en una sola canción. Al final volví a los acordes mayores y a ese lado luminoso.
¿Cuál sería tu cronología musical?
Pues diría que tengo el recuerdo de la música más presente en el coche, yendo por las mañanas al colegio y en excursiones familiares. Nosotros somos cinco: mis dos hermanas mayores, mis padres y yo. Nos íbamos de viaje por Andalucía, muchas veces con nuestros perros. Ahí mi padre aprovechaba y ponía Jethro Tull, The Beatles, Cat Stevens, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez… de todo un poco. Tanto la rama latinoamericana como muchos músicos anglosajones. Recuerdo los discos de Yes, con Rick Wakeman al teclado. Cat Stevens me encantaba, y también Nicomedes Santa Cruz, el autor peruano. Conforme fui creciendo, mi hermana Paula empezó a tocar el piano en casa y, cuando ella se levantaba de ensayar, venía yo, cinco años menor, a trastear con el piano y a sacar mis propias canciones. Fue Paula la que me empezó a enseñar a artistas más contemporáneos: Regina Spektor, Glen Hansard, Red Hot Chili Peppers… Y ya cuando mis hermanas se fueron a estudiar a Madrid y yo me quedé solo en Sevilla, trasteando en YouTube fui encontrando nuevos autores e inspiraciones que se quedaron conmigo.
¿Cómo llevas el tema de las redes sociales?
Uy, pues la verdad es que lo he tenido complicado. Me gusta mucho la creación de contenido en el sentido de idear y pensar, pero me cuesta encontrar el tiempo. Me doy cuenta de que, cuando me siento a grabar un vídeo, tengo que repetirlo ocho veces hasta que el móvil me dice que no tiene espacio. Para un vídeo de menos de un minuto al final he ocupado cinco horas, y eso lo llevo mal internamente. Pero últimamente estoy aprendiendo a llevarlo con más simpatía, humor y tranquilidad. Me doy cuenta de que no podemos definirnos por las redes ni por llegar a unos números cuando en el mundo están pasando cosas muy serias. He logrado llegar a una paz interior y a una falta de culpabilidad cuando no estoy siguiendo el ritmo de las redes. (risas)
¿Cuál es el concierto que más te ha sorprendido?
Creo que tengo la suerte de que en cada concierto voy integrando algo extra. Tengo un recuerdo muy positivo del concierto en la Galileo en 2023, porque fue el primer concierto grande. Yo toqué allí por primera vez en 2017 con una banda de versiones de los 80 que se llamaba Los Kevin Bacon; yo era el teclista y la Galileo imponía mucho. Subirme como artista principal años más tarde fue como cerrar un ciclo. Pero diría que este último concierto en la Sala Villanos, aquí en Madrid, ha superado con creces al de la Galileo. Tenía a los músicos con las canciones más rodadas, se sumaron los coros , la técnica de luces con las proyecciones… Ha sido hasta la fecha el concierto más preparado. Aunque lo he sufrido bastante más, creo que va a pasar bastante tiempo hasta que vuelva a tener un concierto de esta envergadura (risas)
¿A qué artistas te hubiera gustado ver?
Tengo la suerte de poder decir que podría ver a Silvio Rodríguez, que para mí es espectacular. Me habría encantado ver a Calle 13 cuando todavía eran Calle 13. Por supuesto, Queen habría sido espectacular, también The Beatles (aunque esté ahí Paul McCartney, pero ya es otra cosa).
¿A qué película te hubiera gustado ponerle banda sonora?
Esto es algo que no había pensado…. Y si lo había pensado lo había olvidado… (risas). Me encanta Breaking Bad, aunque su banda sonora ya es espectacular. Me gustaría hacer un ejercicio de composición para Big Fish. Me gusta mucho esa película. El tema de las bandas sonoras es algo en lo que me encantaría meterme en algún momento.
¿Nos puedes contar alguna anécdota?
Voy a aprovechar para contar que, gracias al trabajo que tengo viajando, tuve la suerte de conocer a Silvio en persona. A través de un muy buen amigo de mi padre, Daniel Mordzinski, un fotógrafo argentino que conocía a Silvio Rodríguez. Cuando supo que yo iba a ir a La Habana, se puso en contacto con él. Silvio fue absolutamente amable, me invitó a su casa y estuve con él en su estudio. Le mostré la guitarra plegable que me llevo a todos los viajes. En ese momento yo no tenía dinero en efectivo; pagué el taxi para ir allá con lo poco que tenía y pretendía volver caminando hasta el hotel, que eran como tres horas y pico. Fue un viaje de caminar mucho, pero tenía sentido de peregrinación. Le llevé mi disco «Al margen de ojalá».