EMILIA, PARDO Y BAZÁN

TRAS EL ANUNCIO DE SU TERCER ÁLBUM PARA 2026, EL QUINTETO SORPRENDIERON CON UNA CANCIÓN DE NAVIDAD Y “SAN JUAN”, SU NUEVO SINGLE

TRAS EL ANUNCIO DE SU TERCER ÁLBUM PARA 2026, EL QUINTETO SORPRENDIERON CON UNA CANCIÓN DE NAVIDAD Y “SAN JUAN”, SU NUEVO SINGLE

-Madrid expulsa a quienes la habitan-

Su nuevo disco, producido por Guille Mostaza, llegará en mayo y promete llevar un paso más allá todas las virtudes que les hacen únicos. El ahora quinteto ha construido un universo sonoro propio en el que conviven la emoción terrenal con guitarras distorsionadas, melodías contagiosas y letras que observan lo cotidiano con ironía, afecto, melancolía, y con una visión cruda y confesional del amor y los sentimientos. 

Charlamos con el grupo sobre canciones sin apego, drogas sin épica, Madrid como ciudad fallida y la necesidad de seguir escribiendo música que no anestesie. Una conversación honesta y sin prisa, como sus canciones.


Emilia, Pardo y Bazán y la música en tiempos de ciudades fallidas

No todas las canciones de Navidad brillan igual. Algunas tintinean, sí, pero lo hacen desde un lugar incómodo, lejos de la postal y más cerca de la realidad. Emilia, Pardo y Bazán publicaron un mini EP que suena festivo solo en la superficie: debajo hay ironía, crítica social y una mirada cansada —pero lúcida— sobre la celebración, el consumo y las ciudades que ya no saben cuidar a quienes las habitan. En él incluyeron una canción de Navidad. Pero no una de esas que suenan a escaparate iluminado. Aquí hay cascabeles, sí, y un brillo reconocible, pero también una incomodidad soterrada. Algo chirría. Como si la melodía sonriera mientras la letra frunce el ceño.


«La canción no nació como un tema navideño» –explican aludiendo a «Acto de Navidad»– «Empezó a partir de un momento concreto. Lo que pasa es que la Navidad es una época especialmente cruel: todo parece felicidad, pero la realidad sigue pasando por debajo. No queríamos hacer una postal. Queríamos contar lo que hay».


Y lo que hay no es precisamente amable. Consumo constante, celebraciones obligatorias, desigualdad envuelta en papel de regalo. Ellos también participan del ritual —cenas de empresa, gestos automáticos, cierta comedia social—, pero la mirada crítica sigue ahí. Se filtra en la letra, se cuela entre los acordes, aparece sin levantar mucha molestia.


«La ironía no es estar en contra de la Navidad», matizan. «Es observarla. Mirarla de frente».
En el local de ensayo, cada integrante fue aportando su parte y el sonido terminó de tomar forma casi solo. Cascabeles, guiños a los villancicos, ese imaginario colectivo que todos reconocemos. No hay una gran tradición de canciones navideñas en España, pero sí un lenguaje compartido que se puede deformar sin romperlo.

En el mismo lanzamiento aparece «Probé el caballo», una canción que ha conectado rápido con el público. Habla de drogas, sí, pero sin épica ni romanticismo. Como casi todo en su universo, funciona más como espejo que como proclama: «No nos interesa glorificar nada», dicen. «Vivimos anestesiados. La droga más consumida del mundo es la cafeína y nadie la cuestiona. A partir de ahí, todo se normaliza. Somos proletarios: pasamos el año esperando el fin de semana para huir un poco de nosotros mismos. Las drogas y los paraísos artificiales forman parte de esa lógica».


Madrid aparece en la conversación como escenario inevitable. Como herida abierta. Como ciudad que ya no abraza.: «Antes nos producía amor. Ahora nos produce dolor», confiesan. «Madrid se ha convertido en una ciudad fallida, un parque temático que expulsa a quienes la habitan. Es imposible que eso no se cuele en las canciones».


Ese desplazamiento —vital y emocional— también atraviesa el sonido del nuevo disco. Grabado con pocos medios y poco tiempo, el trabajo con Guille Mostaza fue clave para darle coherencia: «Cuando eliges a un productor, pasa a formar parte del grupo. Le guste o no a nadie. Él ha dado unidad al disco. A veces hay decisiones que no habrías tomado tú, pero hay que confiar. No había margen para probar infinitas opciones».


No hablan desde el apego excesivo. Las canciones no son reliquias: «Las grabas, salen y dejan de ser tuyas. Luego son de quien las escucha. No creemos en la obra sagrada. La mejor canción siempre está por hacer».

Hacia el final de la charla aparece la inteligencia artificial, casi como una sombra inevitable. La respuesta es clara, sin dramatismos innecesarios: «La hemos probado y no nos convence. Es aséptica, sin alma. Más allá de lo creativo, nos preocupa lo que está generando: dependencia, ansiedad, pérdida de pensamiento crítico. En educación se nota muchísimo».


Aun así, queda un resquicio de esperanza. La idea de que toda crisis creativa acaba provocando una reacción. Que, como en otras épocas, de esta saturación tecnológica surja algo nuevo, más humano, más honesto.
La conversación se encamina hacia el final sin conclusiones grandilocuentes. Solo queda la sensación de haber asistido a una charla sincera, de esas que no buscan gustar a todo el mundo.


Y quizá ahí esté la clave de Emilia, Pardo y Bazán: canciones que no quieren salvar a nadie, pero tampoco adormecer. Música para bailar mientras algo, muy dentro, sigue incómodo.

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